Novena
al Santo
Cristo de Santiago
Guía de la
novena:
Oración inicial
Reflexión para cada día
Oración final
Gozos del Santo Cristo de Santiago
Himno al Santo Cristo
(Si ha precedido
la Eucaristía, se suprime este comienzo de la Novena.)
§
En el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
§
Acto de contrición:
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío:
por ser tú quien eres, Bondad infinita,
y porque tete amo sobre todas las cosas,
me pesa de
todo corazón haberte ofendido;
también me pesa
porque puedes castigarme
con las penas
del infierno.
Ayudado de tu divina gracia,
propongo firmemente
nunca más pecar,
confesarme y cumplir
la penitencia que me sea impuesta.
Amén.
Oración
inicial (para todos los días)
¡Santo Cristo de Santiago!, que desde tiempos antiguos dispensas tu protección a tu pueblo de Cariñena.
En todo momento nos atraes
hacia ti con lazos de amor y tú eres quien estableces entre todos nosotros
sólidos vínculos de fraternidad.
Expresión innegable de fe en
ti es la súplica confiada que tus fieles te dirigen cuando personalmente te
visitan en tu Iglesia y el fervor popular
que suscitas cuando sales por nuestras calles.
Durante nueve días nos acercamos más vivamente a ti, Santo Cristo,
- ante todo, para darte gracias por los dones y
beneficios que derramas en nuestras vidas;
- para que acrecientes y fortalezcas nuestra fe, esperanza y amor;
- y para pedirte por el bien de nuestras familias y la buena convivencia de
todos en Cariñena.
-----------------------------
En memoria de las tres horas que el Señor estuvo elevado en la cruz y uniéndonos a sus deseos, decimos tres veces la oración que Él mismo nos enseñó:
Padre nuestro, que estás en
el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra
como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de
cada día,
perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la
tentación,
y líbranos del mal. Amén.
¡Jesús, crucificado y resucitado, Santo Cristo de Santiago! Creo verdaderamente que tú eres el Cristo, el Salvador del mundo.
De tu costado abierto en la cruz brotaron ríos de agua viva, tu Espíritu de Vida.
“Si alguno tiene sed, que venga a mí, y
beberá el que cree en mí” (Jn 7,37): derrama sobre todos
nosotros tu espíritu de sabiduría y de bondad, para que vivamos la comprensión,
la fortaleza de ánimo y la solidaridad fraterna.
Tú hiciste tuyos nuestros sufrimientos y necesidades, conoces y comprendes nuestros pecados y debilidades. Por esto recurrimos confiadamente a tu amor misericordioso, y te pedimos:
-
consuela y conforta a todos los enfermos,
-
orienta y acompaña a los niños, adolescentes y jóvenes,
-
concede la satisfacción del cariño y de la gratitud a nuestros mayores,
-
da a todos, ciudadanos y gobernantes, preocupación por el bien común,
-
otorga a nuestros difuntos la plenitud de la vida en tu Reino
-
bendice nuestros trabajos, viñedos, cooperativas e industrias.
Enséñanos a vivir con amor humilde y generoso en nuestras familias y en nuestro pueblo;
mantén firme la fe cristiana en todos nosotros,
aviva nuestro amor a la Iglesia,
ayúdanos a construir entre todos un futuro mejor
y concédenos la gracia de vivir y morir unidos a vuestra Cruz.
Amén.
-
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
-
Que por tu
santa cruz redimiste al mundo.
El cristiano comienza su
jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz. Así significamos
que pertenecemos a Cristo. Además, la
cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades (cf. C.I.C.nn. 2153, 1235).
Es con el signo bendito de
la cruz de Cristo como cada hombre y mujer es bautizado, confirmado y
perdonado. El primer gesto que la Iglesia traza en el momento del nuevo nacimiento
por el bautismo y el último gesto con el que conforta y bendice al moribundo,
es siempre la señal de la cruz. Esto es expresión de una gran realidad: la vida
cristiana nace de la cruz y sólo por la cruz del Señor nos viene la salvación.
Nuestra vida cristiana está
marcada por la cruz del Señor. Jesús mismo
nos dice en su Evangelio: el que quiera venirse conmigo, niéguese a sí
mismo, cargue con su cruz cada día y que me síga (cf. Mt 16,24; Lc 9,23).
Diciéndolo de una manera
sencilla y completa, la vida cristiana es seguir a Cristo por amor. Y para que
esto se realice, Jesús mismo nos da a entender que hagamos de Él y de los demás
el centro de nuestra vida, en vez de pensar uno sólo en sí mismo.
La cruz de cada día. Cruz es
el esfuerzo por ser de verdad buenos,
asumiendo nuestras responsabilidades concretas en la vida y tratando de ser solidarios con los demás.
Cruz llamamos también a las duras dificultades que se nos presentan en la vida.
A todo esto llamamos llevar
la cruz de cada día, tanto en la vida de Jesús como en la vida de cada uno de
nosotros. Con la ventaja de que por nuestra cruz nos unimos a la Cruz de Jesús,
que es la que nos da la fuerza para llevar la nuestra y para seguirle.
_
_____________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día segundo
Por la Cruz creemos en el amor
Vivir el seguimiento de Jesús es recorrer el camino de la vida haciendo el bien con una actitud de servicio y de generosidad. Esto es posible cuando ensanchamos el corazón convencidos del infinito amor de Dios.
“Tanto amó Dios al
mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea no perezca sino que
tenga vida eterna. … para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). El tesoro escondido en la Cruz es
precioso e inagotable. Dios abre y revela este tesoro a quien con fe senilla
penetra en la gran realidad y verdad de que “Dios es amor” (1 Jn 4,16b) y que Jesús, el Hijo de Dios,“me amó y se entregó por mí” (Gál
2,20).
Delante de la cruz de Jesús tenemos que repetir incansablemente: “Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (id. 16a). No le desanimó nuestro pecado y rechazo, y aún dice “nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18).
Jesús nos da la gran lección de su vida: donde no hay amor, él pone amor dando su vida, y así supera el mal, el pecado y la muerte. Todo esto quiere decirnos: no devuelvas a nadie mal por mal; antes bien, vence el mal haciendo el bien (cf. Rm 12,17.21). Cuando no actuamos con amor, sino que nos dejamos llevar del egoísmo, del rencor o de la violencia, es cuando el mal se apodera de nuestro corazón.
Creamos en la fuerza victoriosa del amor de Jesús, muerto y resucitado. Él nos da su mismo amor, para que podamos siempre reaccionar y actuar con amor. “El amor es paciente, es amable; ... todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4.7).
______________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día tercero
Nuestra fe en el Santo Cristo:
el sentido que Jesús dio a su
muerte
La muerte injusta de Jesús en la cruz no le ha endurecido. Murió como vivió: abandonándose confiadamente en Dios. En nuestro credo decimos: Por nuestra causa fue crucificado. Todos los pecadores fuimos los autores de la pasión y de la muerte de Cristo (cf. CIC 598).
Las causas que se aducen para dar muerte a Jesús, encubren las causas reales, que se trata pasen desapercibidas bajo cierta legalidad:
A Jesús le matan porque, con lo que dice y hace, estorba a los intereses del poder religioso y político. Por eso inventan contra Jesús
acusaciones
de orden religioso: blasfema declarándose el Mesías, el Hijo de Dios,
y difamaciones de orden político: alborota y
solivianta al pueblo.
Jesús vive el sufrimiento del inocente. Es el tremendo problema del sufrimiento humano injusto. Este sufrimiento no tiene justificación.
El ser humano grita en su dolor. Jesús mismo murió dando un fuerte grito. ¡Por qué hay que sufrir tanto!
El sufrimiento de Jesús se prolonga en el sufrimiento inmerecido de quienes padecen hoy el hambre, la injusticia, la violencia, el maltrato o la exclusión.
Para Jesús el mal, el sufrimiento injusto, debe ser afrontado y vencido por amor. Éste es el sentido que Jesús dio a su muerte. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10,45). Es así como Jesús nos enseña a vivir.
________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día cuarto
La Cruz de Cristo: fuerza y sabiduría de Dios
Es un hecho que la cruz forma parte integrante de nuestra vida humana. Junto con el dolor físico, uno de los modos más frecuentes como se presenta la cruz es el sufrimiento moral. Éste es muchas veces más pesado y profundo que el dolor físico.
Es importante saber acercarnos a la cruz, al dolor, propio y ajeno, en una actitud lo más humana posible, mucho más siendo creyentes. El sufrimiento, la cruz, es una experiencia humana dolorosa, que no debemos procurar a los demás. Pero, por otra parte, si bien es un hecho del que no podemos escapar, necesitamos vivirlo con esperanza.
Importa saber sufrir provechosamente, porque llevar la cruz con esperanza da sabiduría de vida, despierta y desarrolla nuestra sensibilidad hacia el dolor de los demás, y nos hace fuertes para la vida.
Importa también no sufrir más de lo que deberíamos sufrir, aprendiendo a no acrecentar los problemas en la vida, sino más bien asumiéndolos con valentía, incluso con buen humor y esperanza de fe.
Sin duda la cruz de la vida es una escuela de vida; aunque todo esto lo comprendemos más tarde, nos lo va enseñando la vida misma.
San Pablo, el gran seguidor y apóstol de Jesús, no quiere saber otra cosa que a Jesucristo, y éste crucificado, porque él es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1,17-25; 2,1-5).
Si, por la oración, con humildad de fe y con amor nos unimos en nuestra cruz a la cruz de Cristo encontraremos la ayuda de Dios oportuna, tanto más si la cruz nos viene por tratar de vivir en coherencia con el evangelio de Jesús y por ser fieles en la construcción de su Reino.
__________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día quinto
“Aprended de mí,
que soy manso y humilde de corazón”(Mt 11,29)
Durante toda su pasión y en la cruz Jesús manifestó una singular entereza y serenidad, que son expresión del amor con que estaba entregando su vida. Es la inmensa paciencia de Dios con nosotros.
Es la fuerza evangélica de la mansedumbre. Una de las características de la predicación y de la conducta de Jesús fue la renuncia consciente al empleo de la fuerza, del poder. Jesús no se propuso vencer, sino atraer. Él tiene una energía singular superior a toda fuerza humana, y ésa es su amor entregado por nosotros, pues nos ama más que a su propia vida. El buen pastor da su vida por las ovejas (Jn 10,11).
¿Dónde está el secreto de un amor así? En su grandeza y fortaleza de espíritu, y de un dominio soberano de sí mismo, por lo que no se deja vencer por todo lo que le hacen sufrir, sino que trata de manifestarnos la bondad del Padre Dios hacia nosotros.
San Pablo, hablándonos de la caridad, del amor cristiano, dice: la caridad es paciente, es afable (1 Co 13,4). La primera nota, “paciente”, describe la profundidad o el subsuelo de donde brota la caridad. Es la parte que no se ve de ese amor y, sin embargo, la que lo hace posible.
También es verdad que es la parte más costosa y difícil de vivir, si bien es fácil de entender. Por grandeza de alma uno sabe vencer sus resentimientos, deja a un lado las susceptibilidades, acalla deseos de venganza, elimina su molestia y malhumor interior.
Esta fortaleza o paciencia y mansedumbre tienen su fuente en la presencia y acción del Espíritu Santo en el corazón de todo discípulo de Jesús.
___________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día sexto
“Los amó hasta el extremo”:
amarnos como Él nos amó
Jesús en la Cruz, el Santo
Cristo, es la imagen más característica del cristianismo, y la que preside toda
celebración litúrgica de la comunidad. Es la realidad más evidente de nuestra
fe en Jesús: “Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega
su vida por ellos” (Jn 15,13).
El Señor tuvo singular interés por demostrárselo a sus discípulos en la víspera de su pasión, cuando ya le quedaba poco de estar con ellos. Para hacérselo comprender realizó una doble acción:
el lavatorio de los pies de sus discípulos
y la institución de la Eucaristía.
La vida entera de Jesús ha sido un servicio de este amor entregado. Dice Jesús :“El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos” (Mt 20,28) y nos dice “¿comprendéis lo que yo he hecho con vosotros?... también vosotros haced como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,12.15).
Juan, el apóstol predilecto de Jesús y que estuvo al pie de la cruz, nos dice más tarde:”En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16). Dar la vida es un amor mayor que el amor a sí mismo.
Cuando Jesús mismo nos pide “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12) va más allá de la norma, de la medida y la motivación individual del amor al prójimo. Para vivir un amor cristiano, que es condición del discípulo de Jesús, nos pide el evangelio perder la vida por Cristo y por los demás (cf. Mc 8,35). Es decir, no reservarse uno por egoísmo, no mirar sólo al propio interés, sino desvivirse por los demás, “estimando en más a los otros” (Rom 12,10).
¡Santo Cristo de Santiago, enséñanos y ayúdanos a amar como tú!
____________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día séptimo
La Cruz, Sacrificio de Cristo,
y la
Eucaristía
Nos dice Juan Pablo II en su encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía: “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado” (1 Cor 11,23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. En esas circunstancias dramáticas nació la Eucaristía.
La Eucaristía no sólo recuerda, sino que hace presente de manera sacramental el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.
Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación de la humanidad que Jesús nos ha dejado en la Eucaristía el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes.
El sacrificio eucarístico, la Misa, no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio de la Cruz. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía “pan de vida” (Jn 6,35.48).
La eficacia salvadora del sacrificio eucarístico se realiza plenamente mediante nuestra unión con Cristo por la comunión, recibiendo la Eucaristía. “Lo mismo que... yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57).
Esta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Nos encontramos ante el gran Misterio de nuestra fe. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn 13,1), un amor que no conoce medida.
La devoción al Santo Cristo nos lleva a vivir la fe en la Eucaristía.
_____________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día octavo
La Cruz de Cristo,
experiencia del mal
y victoria sobre el mal.
Para Jesús, como para todo creyente, Dios es un Dios bueno, Padre de Jesús y Padre nuestro, que libera a los oprimidos y que quiere la llegada de su Reino ¿Cómo, entonces, es posible que sea designio de Dios que su Hijo muera en una cruz o que permita tanto sufrimiento en la vida humana?, porque esto parece una crueldad que no se compagina con la bondad de Dios.
Así se entiende la reacción de Pedro, cuando se opone a Jesús al anunciar todo lo que va a padecer. Pedro reprendió a Jesús diciéndole: “¡De ningún modo te sucederá eso!”.
Más sorprendente es lo que Jesús le contestó a Pedro: “¡Retírate, Satanás¡ ... Piensas al modo humano, no según Dios” (cf. Mt 16,13-23).
Sufrimos porque experimentamos el mal. El mal es una trágica realidad en la historia humana y que siempre reaparece de nuevas maneras. Sucede cuando se da cierta falta, limitación o distorsión del bien.
Jesús mismo experimentó el mal como una realidad, y ya desde el inicio de su misión. El mal llevó a Jesús no sólo a la muerte, sino que logró el fracaso aparente de su vida y de su misión. Esto es prueba de la fuerza y de la tenacidad del mal, que Jesús lo llamó “el poder de las tinieblas”.
Pero Jesús le venció con su entrega de amor y su resurrección.
En la Cruz Jesús nos dio
su victoria, destruyendo el mal en su raíz. Por el Santo Cristo el bien vence
al mal y decimos con fe: líbranos del mal.
_____________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.
Día noveno
La Cruz
de Cristo es la salvación del mundo
Para Pablo la cruz de Jesús es central. De ella depende la verdad de nuestra fe y por la cruz viene la salvación. La cruz, precisamente por ser escandalosa, se constituye en auténtica revelación de Dios: es sabiduría de Dios y fuerza de Dios, es la salvación. Por la cruz de Jesús lo negativo de la vida humana se ha convertido en positivo. “Murió por todos, para que los que viven no vivan para sí” (2 Co 5,15).
Cuando miramos al Santo Cristo contemplamos que en la cruz está el Salvador, el que ha asumido los sufrimientos físicos y morales de los seres humanos de todos los tiempos. Para Dios nada ha sido obstáculo para expresar su amor a los hombres, ya que ni lo más querido para Dios, su propio Hijo, se lo ha reservado.
Jesús fiel hasta la cruz es salvación, al cumplirse en él de manera real lo humano verdadero: él es quien “pasó haciendo el bien”, el “fiel y misericordioso”, el que ha venido “no a ser servido sino a servir”. La clave de eso humano verdadero está en Jesús, que es la manifestación y realización del gran amor del Padre Dios hacia los hombres.
La Cruz es salvación, en palabras de Juan Pablo II, porque si nos encontramos con el sufrimiento en el mundo es para despertar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la ‘civilización del amor’.
El Evangelio es todo lo contrario a la pasividad ante el sufrimiento humano. En nombre de la fundamental solidaridad humana y mucho menos en nombre del amor cristiano al prójimo, no se puede pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno,
Cristo desde la Cruz llama a nuestro corazón humano para que nos acerquemos con amor solidario y eficiente a la persona que sufre, singularmente al más débil (Cf. SD 28-30). Así es el amor al Santo Cristo.
__________________________
Pidamos un momento al Santo
Cristo la gracia que necesitamos.